Consideramos, que existió un momento en el cual la obra de arte podía ser pensada como una creación capaz de trascender la realidad inmediata. Su lógica productiva, permitía la creación de una obra en la cual podía rastrearse su relación frente al estilo de la época, o una cierta rebeldía del detalle frente a una totalidad que buscaba someterlos. En suma, un momento en el cual cada obra de arte poseía un valor y unas características que la volvían única e irrepetible, lo que a su vez permitía pensar que la lógica creadora del arte se oponía al proceso productivo de mercancías. Esto último, debido a que las mercancías responden a criterios estandarizados, sus producciones son masivas, miles o millones de objetos son producidos de igual forma, dando como resultado miles o millones de objetos idénticos, en los cuales no se pueden rastrear ni unos sentimientos, ni unas inspiraciones individuales que permitan establecer una diferencia entre ellas, como si sucedería en la obra de arte.
El problema del cual queremos dar cuenta con este proyecto, atañe al surgimiento de aquello que Horkheimer y Adorno llaman la industria cultural[1]. Con este concepto, lo que los autores querían abordar era el fenómeno de la aparición de una suerte de arte masivo, representado por industrias como la cinematográfica y la radiofónica. El problema, desde el punto de vista del arte que esto planteaba, era la desaparición sistemática de la obra en virtud de la imposición de este nuevo proceso de productivo, que hacía coincidir la producción de mercancías con la de productos culturales. Vale decir, el cine, considerado como séptimo arte, sometía a la obra a un proceso productivo idéntico al de la mercancía, de manera tal, que el resultado era la anulación de la obra. En definitiva, el escándalo para el arte ilustrado en relación con el surgimiento de la industria cultural, era precisamente la eliminación de su carácter único, su rebaja a un producto masivo, la disolución de la vanguardia en su antitesis: la industria cultural, que como modo de producción imperante, anuncia el fin del arte y de su obra como objeto trascendente, devenida ahora pura ordinariez, banalidad y mercancía.
Desde el punto de vista sociológico el problema se agrava, ya que recogiendo la tradición marxista, lo que Horkheimer y Adorno quieren instalar como problema, sería la ampliación de la dominación del sistema económico imperante en el tiempo y lugar de trabajo, hacia el espacio del tiempo libre. Vale decir, si la lógica del trabajo sometía al individuo a un proceso de enajenación, vale decir, un proceso según el cual el hombre se separaba progresivamente, volviéndose extraño, del objeto producido, del proceso de trabajo en sí y de sí mismo así como del conjunto del género humano, dando como resultado final de este sometimiento del hombre al proceso productivo, su transformación en una mercancía, un objeto transable en el mercado, el problema que la industria cultural vendría a abrir, es que el hombre no encontraría nunca su propia realización, sino que se hallaría siempre sometido, no sólo al interior del trabajo (como lo pensó Marx) sino que también fuera de él, en el llamado “tiempo libre”, a procesos de enajenación[2].
Volviendo al tema específico que nos incumbe, el de la oposición obra de arte/mercancía, queremos señalar que pese al sombrío panorama que Horkheimer y Adorno nos presentan, sigue siendo verosímil plantear al interior de su pensamiento la supervivencia de un arte ilustrado. Si bien la industria cultural se impone como modo productivo dominante, sigue siendo posible pensar la existencia de la creación artística por fuera de ella; o en otras palabras, la creación de obras de arte puede seguir existiendo en la medida en que se libere de las coerciones que la industria cultural impone.
Ahora bien, lo que quisiéramos plantear a continuación, es que en la actualidad, incluso esa posibilidad desaparece. Para esto recogemos las reflexiones de Jean Baudrillard.
Para este último, habríamos hecho ingreso a un momento histórico en el cual las cosas han escapado a la dialéctica. Vale decir, los opuestos no buscan ya su síntesis, una figura en la cual ambas se reconcilien y dan paso a algo nuevo que las trascienda[3]. Por el contrario, nos encontramos en un momento en el que todo busca su hiperdeterminación, su superlativización hacia sus figuras de éxtasis, en las que pierden su sentido y se muestran como objetos puros y vacíos.
La humanidad habría franqueado un punto cero de la cultura, en el cual, todo pierde sentido, y las cosas, sumidas en esta escalada hacía su propio éxtasis, devienen en mera reproducción cancerosa de sus formas. Así, los objetos, más que buscar reconciliarse con sus opuestos, absorben toda su potencia y se vacían de esta manera de todo sentido.
El arte no escapa a este proceso de hiperdeterminación. El arte deviene más arte que el arte y absorbe la potencia de su contrario: la moda, dando como resultado que todo juicio estético, toda diferencia entre bello y feo, y en definitiva, entre obra y mercancía, se difumina y desaparece en una producción artística vaciada de contenido.
Es en este contexto en el cual busca situarse este trabajo, para interrogar esta problemática que aquí hemos planteado. A lo que apuntamos es lo siguiente: ¿queda un espacio vigente aún para la producción de un arte desligado de la lógica de la mercancía? ¿Qué es lo que puede suceder si lógica de la industria cultural penetra en el espacio más propio, más íntimo del quehacer artístico, su creación? Si instalamos una empresa de producción de “piezas artísticas”, prácticamente indiferenciadas entre sí, en un posible umbral de indiferencia entre la mercancía y la obra de arte, ¿qué es lo que sucede? ¿Se supera la lógica de la creación artística o esta sucumbe irremediablemente a las leyes del mercado? O por el contrario, ¿es la mercancía la que sucumbe a la pasión creadora de la obra de arte? Como se ve las interrogantes se multiplican, así también podemos interrogarnos por el sentido que el arte puede tener en este contexto, vale decir: llevando la escalada de hiperdeterminación extática, (hacia su figura de éxtasis) del arte a su extremo, intentando superar la pérdida del sentido ahondando en la misma lógica que la produjo (el proceso productivo y no el producto como obra de arte), ¿es posible recuperar aquel momento ideal del arte que Horkheimer y Adorno ven desaparecer con horror ante la irrupción de la industria cultural? Y en última instancia: ¿es deseable recuperar aquella escena perdida?
Por último, no queremos olvidar aquella tesis sociológica sucintamente descrita un poco más arriba: ¿con esta ampliación de la industria cultural, caemos realmente en una enajenación generalizada? ¿es posible pensar el arte como un proceso de enajenación?
Como puede apreciarse, el trabajo que planteamos, más que darnos certezas instala una serie de interrogantes sobre el sentido del arte, sobre la finalidad a la que hoy éste puede aspirar, a su relación con el mercado y a como puede ser capaz de separarse o asimilarlo, y si esa separación o simbiosis represente su ruina o la apertura de un nuevo momento
[1] Ver: Horkheimer, Max; Adorno, Theodor. La Industria Cultural. EN: Dialéctica de la Ilustración. Ed. Trotta. Madrid. 2003. Págs. 162-212
[2] Ver: Marx, Karl. El Trabajo Enajenado. En: Manuscritos Histórico-Filosóficos.
[3] Esta sería la idea presente Marx, a partir de Hegel. Por ejemplo, los opuestos, capital-trabajo, se reconcilian en su síntesis, el comunismo, figura en la cual ambos se diluyen dando paso a su realidad trascendente.
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